| Battle of Otumba | |||||||
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| Part of the Spanish conquest of the Aztec Empire | |||||||
17th century depiction of the battle |
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| Belligerents | |||||||
| Aztec Empire | |||||||
| Commanders and leaders | |||||||
| Hernán Cortés | †Cuitlahuac[2] | ||||||
| Strength | |||||||
| Unknown, probably less than 1.000, though significantly inferior in numbers to the Aztecs[1] | ~40.000-20.000 | ||||||
| Casualties and losses | |||||||
| Less than 73 Spanish deaths (only some dozens of spanish warriors were still alive) | unknown but high; ~11.000-13.000 up to over 20.000 | ||||||
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Contents
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Around the end of March 1519, Hernán Cortés landed with a Spanish conquistador force at Potonchán on the coast of modern-day Mexico.[3] Cortés had been commissioned by Governor Diego Velázquez de Cuéllar of Spanish-controlled Cuba to lead an expedition in the area,[4] which was dominated by the Aztec Empire.[5] Through violence, Cortés was able to secure the allegiance of the Totonacs and the Tlaxcaltec during his advance on the Empire's main settlement, Tenochtitlan.[6] In November, a Spanish force entered the city, and was greeted by its ruler, Moctezuma II.[7] Initially, the conquistadors were treated well by the Aztecs whilst they stayed in the city,[8] but increasing tension by the end of June 1520 led to the forced expulsion of the Spanish and Tlaxcaltec from Tenochtitlan in an event called La Noche Triste (The Sad Night.) [9] Cortés then started a retreat to Tlaxcala, during which his force was harassed by Aztec skirmishers, and the Aztec leadership resolved to eliminate them as they withdrew.[9]
After being beleaguered on the causeway leading out of the city, Spanish forces arrived at the plain of Otumba Valley (Otompan), where they were met by an Aztec army intent on their destruction. However, despite the fact that they had already seen horses, seeing Spanish knights in full regalia proved to have shock value, as they had never seen such in open battlefield. Another decisive element was Cortes' decision to directly attack an Aztec general as soon as he recognized the commander and killed him. Despite the poor condition and heavy losses of the Spanish army and the overwhelming number of Aztec warriors, the Spanish prevailed and were able to reach Tlaxcalan to regroup.[10] Up to 20,000 Aztecs were killed. While the town lends its name to this battle, it really occurred in a place called Temalacatitlán.
Otumba, la victoria imposible Por Fernando Díaz Villanueva
La gesta de armas más asombrosa que un español haya culminado con éxito en toda la historia la llevó a cabo Hernán Cortés a principios de julio de 1520 en la llanura de Otumba, entonces todavía parte del Imperio Azteca. Fue algo tan desigual que todavía hoy sorprende comprobar que nuestros abuelos se alzasen con la victoria, siendo tan pocos y frente a tantos enemigos.
De un lado estaban los españoles –no más de 400–, apoyados por un grupo de aliados tlaxcaltecas –unos 200–; del otro, los aztecas en pleno con su caudillo al frente, aproximadamente unos 40.000 hombres. Resumiendo, tocaban a cerca de 70 mexicas por cada español. Ni el mismísimo Hércules.
La pregunta que, inevitablemente, asalta a cualquier curioso es cómo se pudo ganar aquella batalla. Y más aún sabiendo que el magro ejército de Cortés estaba en las últimas. Apenas le quedaban caballos ni pólvora, que fueron las dos armas-milagro que facilitaron la conquista de América. Habían salido huyendo con lo puesto de Tenochtitlán, estaban agotados, malcomidos y desmoralizados, es decir, en la peor de las condiciones para resistir el embate rabioso de todo un imperio.
Aislados del mundo, a miles de kilómetros del español más cercano, cabía la posibilidad de rendirse, pero en México no sucedía como en Europa, donde si uno se rendía perdía el honor pero salvaba el pellejo. Allí las cosas funcionaban de otra manera. Los soldados del tlatoani (emperador) de los mexicas seguían una lógica la mar de sencilla: enemigo apresado, enemigo sacrificado, probablemente por lento degollamiento en lo alto de una pirámide para solaz del vulgo y aplacamiento de las iras divinas. Rendirse era sinónimo de degollina infamante, así que a Cortés y los suyos no les quedaba otra que resistir hasta el último suspiro, plantar batalla a cara de perro y morir como hombres. Es decir, ser españoles; aunque eso, claro, los aztecas no lo sabían, no tenían ni idea de los extremos de terquedad a que podían llegar los hijos de la remota España.
Ganar no iban a ganar, pero tampoco iban a perder del todo, porque el guerrero que resiste hasta la muerte al menos conserva el honor. Sabiendo que no tenía oportunidad de llegar hasta la ciudad amiga de Tlaxcala, y que el segundo del tlatoani, el llamado Cihuacóatl, les había cortado el paso, el extremeño decidió pararse y combatir. La muerte era segura, así que Cortés se puso tremendo y arengó a sus soldados para que muriesen dejando el pabellón bien alto. A voz en cuello, y cuando ya se escuchaba el tumulto del enemigo, se dirigió a ellos y les dijo:
Amigos, llegó el momento de vencer o morir. Castellanos, fuera toda debilidad, fijad vuestra confianza en Dios Todopoderoso y avanzad hacia el enemigo como valientes.
Los aztecas no sabían demasiado de estrategia bélica ni de sofisticados planteamientos tácticos. Cuando vieron que los españoles eran tan pocos, les rodearon. Aunque muchos y bravos combatientes, la intención de los aztecas no era matar a los españoles, sino capturarlos para llevárselos presos y luego sacrificarlos. Les traía sin cuidado cuántos de los suyos cayesen, lo importante era satisfacer a los dioses. En una igual no se iban a encontrar, de modo que se pusieron a ello, tratando de herir pero no matar a los españoles y de buscar la salida para los cautivos entre la marabunta emplumada y saltarina que asediaba el fortín de Cortés.
Pero aquella extravagancia, aunque no lo pareciese, constituía una ventaja. Los hombres de Cortés pronto se percataron de que el enemigo tenía fines distintos a los suyos y supieron ponerlo a su favor. De entrada, la tropa española se cerró en banda, colocando a los piqueros en la parte exterior del círculo para ir repeliendo los ataques. Los infantes se pusieron morados a matar aztecas, que se cuidaban muy mucho de no matarlos. Disponían, además, de una ventaja tecnológica: las armaduras. El armamento azteca era muy poco efectivo contra los cascos y corazas de los barbudos castellanos, que estaban especialmente motivados para jugársela porque sabían la suerte que les aguardaba si caían prisioneros.
Entre tanto, los pocos caballeros que tenían montura se reservaron para una misión muy especial que Cortés acababa de idear. Al otro lado de la colérica masa humana que les sitiaba, elevado sobre un pequeño cerro, se encontraba el campamento azteca. Desde el llano se podía ver a un personaje sentado sobre un palanquín, ataviado con una armadura de algodón, plumas sobre la cabeza y un vistoso estandarte en la mano. Ese, y no otro, era el famoso Cihuacóatl, el comandante en jefe de los aztecas.
Cortés sabía por sus aliados de Tlaxcala que, según las costumbres de aquella gente, cuando caía el capitán, las tropas, ayunas de mando y sin importar cuán numerosas fuesen, huían en desbandada. El problema era burlar el cerco. Cortés convocó a sus cinco capitanes para hacerles partícipes de su idea. Si conseguían cabalgar hasta el Cihuacóatl y matarle de una lanzada, la batalla estaría ganada. Como no había mucho donde escoger, serían los cinco capitanes los encargados de realizar la carga. Sólo habría una oportunidad. Su fracaso marcaría la derrota final y el fin de la aventura que hoy conocemos como la Conquista de México.
Los capitanes eran Gonzalo de Sandoval, Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olid, Alonso Dávila y Juan de Salamanca. Se colocaron en fila, se miraron entre sí y, espada en mano, gritaron al unísono "¡Santiago!" para, acto seguido, lanzarse como fieras sobre los aztecas que les cercaban. Esa fue la primera carga de caballería de la historia de América. Ciertamente, algo modesta en dimensiones pero no en intenciones.
Tras superar el corto trecho que les separaba del campamento azteca, sin perder un solo segundo los cinco se dirigieron hasta el lugar desde el que el Cihuacóatl observaba la batalla.
A los aztecas los caballos les daban pánico, más si cabe cuando llevaban encima un tipo con casco, armadura y cara de, como les había pedido Cortés, vencer o morir. La escolta del Cihuacóatl huyó despavorida, dejando a su jefe desvalido y a merced de los jinetes. El azteca trató de huir junto a sus más fieles, pero Cortés, que se las sabía todas, ya lo había previsto y salió en su búsqueda. Le alanceó desde lejos, provocando que se cayese de la litera. Al incorporarse para continuar la huida a la carrera se dio de bruces con Juan de Salamanca, listo para darle la estocada definitiva y arrebatarle el estandarte.
Fue todo uno. Según cayó el Cihuacóatl y el estandarte pasó a las manos de Cortés, la desbandada de los aztecas fue inmediata. Imponente. Los pocos españoles que quedaban combatiendo en el llano se apresuraron a acelerar la matanza, con idea de escarmentar al enemigo en estampida. Persiguieron a los fugitivos en todas direcciones, dándoles muerte sin compasión. Al caer la tarde el llano de Otumba era un gigantesco cementerio, donde yacían los cuerpos sin vida de 10.000 aztecas y de sólo unas decenas de españoles. La victoria imposible se había consumado.
Cortés, sin llegar a creérselo del todo, se dirigió a Tlaxcala, desde donde planificaría el asalto final a Tenochtitlán. Pero eso aún era una incógnita. Sus hombres, sin llegar a ser conscientes de la proeza que acababan de realizar, se limitaron a agradecer al Altísimo la victoria. Bernal Díaz del Castillo lo consignó así en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España:
"Todos dimos muchas gracias a Dios que escapamos de tan gran multitud de gente, porque no se había visto ni hallado en todas las Indias, en batalla que se haya dado tan gran número de guerreros juntos, porque allí estaba la flor de México y de Tezcuco y todos los pueblos que están alrededor de la laguna, y otros muchos sus comarcanos, y los de Otumba, Tepetezcuco y Saltocán, ya con pensamiento de que aquella vez no quedara roso ni velloso de nosotros."
Y es que la heroicidad nunca ha estado reñida con la modestia.
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